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Círculo vicioso Círculo vicioso

Ciudad de México

 


 

Sobre primeras veces… la primera vez que bebí con Rufino nos invitaron a la fiesta de graduación de unas alemanas que habían estudiado antropología en la ENAH. El jolgorio fue en una casa grande o mansión pequeña, según el estrato social de donde se provenga. Una celebración en forma, a lo primer mundo, por supuesto; mucho alcohol, buena música y más rubias ojiclaras de las que estoy acostumbrado a ver.

Ese día —noche— convergieron múltiples coincidencias, estaba casi toda la banda y allegados. Patricia con Dinant —en su Época de Oro de la relación; ellos siempre están en esa Época—, Salazar —solo como siempre, y manteniendo su costumbre de llegar ebrio a todas partes—, Clemens —solo y sobrio— y el DJ que conocería esa noche. Y todos parecían dispuestos a pasarla bien.

No recuerdo por qué llegamos ahí. Parece que Clemens nos llevó; su banda, una de las muchas que tenía, de nombre impronunciable que incluía circunflejos y caracteres eslovacos, tocaban balkan, uno de los tantos géneros musicales que habíanse puesto de insoportable moda. Clemens, toca bien, es impecable ejecutando el instrumento, pero no le gusta el balkan; él sólo está con ellos por el hueso. Clemens es el huesero —músico mercenario que sólo toca por dinero— y ¿quién lo culpa? En esa época era lo que se socorría en los círculos más pudientes de la Ciudad de México; lugares donde sobra público, bebida y drogas.

Yo no sé sobre música, por eso escribo sobre La Banda y sus integrantes, a los que, excepto Alf, apenas conozco; quise que mi libro tuviera una temática en la que no me sintiera cómodo; “¿Escribir sobre lo que uno conoce? ¡Qué aburrimiento!” dicen que Rémy de Gourmont dijo; quise escribir desde fuera de la zona de confort tratando de ser objetivo. Por eso y porque he decidido narrar mi acercamiento a la música, atestiguar el hecho. Pero por más objetivo que busque ser, algo debería saber ¿no? La ignorancia musical no garantiza objetividad musical. Es todo un tema. Pero tengo oídos y según Salazar eso me pone en “el estado de pureza desprejuiciada” necesario para exponerse sin obstáculos a cualquier arte.

Así que para mis oídos el balkan es como la banda sonora de cualquier película de Kusturica y el género ni el director tienen la culpa de ser venerados por el esnobismo mexicano.

—Parece una celebración diplomática entre la Unión Europea y Colombia.

Le dije a Salazar en tono de broma; y él:

—¿¡Qué!?

—Diplomática por la casa y la multiplicidad de nacionalidades. Unión Europea por tanto güero y Colombia por la cantidad de coca que se están inoculando.

—No mames tú —dijo Rufino—, yo topo verdaderos yonquis profesionales, éstos son amateurs.

—Pero igual están muy pesados, ¿no?

—Nel, aquí puro drogadicto junior. Compran dosis pequeñas en cantidad y calidad y se las inoculan; como tú dices. Los politoxicómanos profesionales invierten en calidad y número. El amateur compra sin saber y donde hay. Compra para su consumo. El no-amateur compra a sabiendas con quién comprar. Compra para su consumo de días y para revender, así se hace con dinero para más drogas, para comida, para rentar hotel y quizá prostitutas a las que normalmente pagará con drogas. Con frecuencia van a fiestas a drogarse y drogándose promocionan su producto. Las drogas que venden son las que consumen; las drogas que consumen son las que venden. Son una especie híbrida entre consumidor y vendedor. Así se permiten tener dinero para comprar más drogas que consumirán y venderán para comprar y consumir más. Un auténtico círculo vicioso. Venden para consumir y consumen para vender.


—…y ¿qué tal está?

—Yo no te vendería nada que no hubiera probado antes.

 

¿Qué mejor que un consumidor para vender a otro consumidor? Publicidad básica. De hecho, publicidad sin publicidad; o sea, publicidad real.

Y en esto se basa la confianza de los yonquis, en un vendedor de drogas que consume su propio producto, por esto venden mucho…

Vente —me dijo terminando su anécdota— vamos a ver a Olga.

—¿A quién?

Le pregunté.

—A Folga Tronco.

—¿De qué hablas?

—De Olga Yeltsin Tronsqui.

Dejé de preguntar y lo seguí.

Después de la banda de balkan, tocó Olga. No la conocía, sólo sabía que en La Banda había un DJ, que —sesgo mío— nunca pensé que fuera mujer. Mi formación heteronormada, supongo.

Hocico y Aphex Twin son sus principales influencias, si bien a mi ver, Hocico es influencia de Aphex —aunque haciendo caso a las fechas, son contemporáneos—. Todas esas banditas de electrodark, hard, etcétera, que coquetean con el metal o mínimo con la idea de que tocar fuerte es tocar bien, The Prodigy, Die Antwoord, etcétera; son veneradas por Olga. Nunca había tomado en serio la música electrónica hasta que la vi tocar. Tal vez porque fue la primera DJ que conocí que tuviera formación musical —otro sesgo—; o por su belleza —uno más—. No lo sé.

—Y esa ¿qué pedo? —le pregunté a Rufino cuando acabó de tocar.

—¿Esa? ¡Ya quisieras! Y pedo, yo.

—Preséntamela, ¿no?

—Nel chavo. Haz fila.

Y se fue hacia Olga.

Yo, sin bebida, me encaminé a conseguir más.

En la cocina, entre botellas, vi a Alf y Pati discutiendo sobre política con un alemán, creo.

PROBABLE ALEMÁN —Europa ha sido ingrata con América…

ALF: [interrumpiendo] Ingrata es poco. Ha robado, asesinado, violado y esclavizado. Eso no es ser ingrato, es ser hijo’eputa.

PROBABLE ALEMÁN —[asintiéndo] Cierto, por eso necesita ayuda.

ALF —Necesitamos Justicia, no asistencialismo. No necesitamos que la juventud europea venga a intentar curar sus culpas con trabajo social a América Latina.

PROBABLE ALEMÁN — ¿Eso es lo que crees que hacemos?

ALF —¿A qué viniste? ¿Qué pretendes al dejar tu País Europeo primermundista y venir a México a licenciarte en Estudios Latinoamericanos en una Universidad pública importante?

YO — [A Patricia] ¿Qué pedo con estos?

PATRICIA — ¿Qué pedo tú?

YO —Nada. Vengo por una recarga [agito mi vaso vacío]

P. —[señalando la mesa de botellas] Vas.

Y. —¿Y tú?

P. —Yo aún tengo [mostrándome su vaso]

Y. —No; que tú qué pedo en la discusión.

P. —Nada. Topando el surrealismo de México. Fíjate que un alemán y un belga discutan sobre el papel del país en el mundo.

Reímos.

Y. —Hipersurrealismo: dos europeos discutiendo en español mexicano sobre el papel mundial del país en el mundo mientras dos mexicanos los escuchan y ríen.

Reímos de nuevo. Y al apagarse las risas en ese momento en que todo parece callar, interrumpiendo de nuevo al probable alemán, se oyó en la voz de Dinant:

ALF. —…tienes razón, los gringos siempre están de guerra, pero así como los gringos que cada generación tiene su Vietnam, nosotros, cada una de las nuestras tiene su ’68.

De nuevo silencio.

Y. —Y el DJ es la DJ.

P. — Sí ¿Por?

Y. —Nomás.

P. —¿Qué, también quieres con ella?

Y. —¿También?

P. —No sé si sabes pero no eres el único que tiene ojos.

Y. —¿Rufino se la quiere tirar?

P. —¿Rufino? ¡Carajo! Yo me la quiero tirar.


Olga D. J.

Lejos de buscar nada, ni arrimármele a una alemana rubiaculigrande, ni perderme en alcohol, me dediqué un rato a disfrutar la fiesta. Simplemente observé a las personas, algo que, irónicamente, nadie hace en reuniones sociales. Para ponerme en situación, inhalé con seriedad un par de veces exhalando con conciencia, buscando relajarme y centrarme…

El humo del tabaco comulgaba a fumadores, todos conectados con una nube en lo alto del techo vía el hilillo, cadena de volutas, que desde el cigarrillo en sus manos los hacía uno con los otros fumadores. Y los no fumadores inhalando sin colilla los restos, mezcla de dióxido de carbono, nicotina y alquitrán quemados, con una pizca de oxígeno como aderezo. De pronto alguna tonalidad de Channel N°5 o THC enriquecían el bufet que mi nariz no pudo soportar. Tosí.

Las personas, en grupos, reían, bebían, platicaban en español y alemán principalmente, uno que otro despistado parloteaba

macarrónicamente la lengua del imperio. Y yo en medio de todo; yo que mi español apenas da para medio hacerme entender en una hoja en blanco, y eso después de tachaduras, remedos y correcciones. Escribir es reescribir le leí a algún Ruiz. Y yo que —repito para buscar algo de ritmo en las líneas— pretendo escribir un libro sobre una partecita del entorno musical de la Ciudad, como si José Agustín no hubiera existido, como si México no hubiera conocido a Parménides García Saldaña, como si… ¡Un momento! Nadie conoce a Parménides.

Una más de las injusticias de éste país por las que nadie hará ni una marcha, ni un desplegado, ni un minuto de silencio.

Creo que suspiré y caminé a la cocina por más alcohol. Patricia platicaba con una chica, que de primera se veía muy atractiva. Alf y el alemán ya no estaban.

—¡Ey! —me gritó Patricia. Me acerqué— Te presento: ella es Olga la DJ.

—Hola —le dije.

—Hola, ¿tú eres el documetarista? ¿Nuestro documentarista?

—El documentarista y el letrista —aclara Patricia.

—El documentarista, sí. Al menos así me llama Rufino.

—Sí, ya te había visto con él y con Alf. Me dijeron que estás haciendo algo sobre nosotros.

—No es un documental. Escribo un libro sobre La Banda. Salazar dice que es un libro documental, por eso documentarista.

—¿Un libro?

—Una novela

—¡Ah! ¡Escritor!

—Más escribidor —ella río.

—¿Eso existe?

—¿Prefieres juntapalabras?

Riendo dice:

—¿Qué tiene de malo la palabra Escritor?

—Nada. Es sólo que a algunos nos viene muy grande.

—Pero si eso es lo que eres.

—No sé… el escritor es el que escribe, ¿no?

—Obvio.

—Tú escribes, ¿no?

—Ya entiendo… Bueno, y ¿salgo en tu novela?

—Desde ahora sí.

—¿Por qué desde ahora?

—No te conocía.

—Yo a ti tampoco.

—Soy amigo de Alf desde la prepa.

—¡Uy! Desde niños.

—No tanto.

—La prepa es edad infantil. Y ¿de qué trata tu libro?

—De música. No sabía que tocabas.

—Bueno, ser DJ no es generalmente considerado como tocar ¿sabes?

—Sí. Lo sé.

—Creen que mezclar es indigno y nada original, pues se usa música ya hecha para originar algo novedoso, pero olvidan que todos los músicos hacen eso. El número de notas es finito y todos las usan para sus creaciones, pero como no hay botoncito de play a ellos sí se les considera creadores y a nosotros, los DJ, sólo toca discos, o, como dicen en España: pinchadiscos.

—No lo había pensado.

—Por eso estoy con La Banda. Están tan avanzados que musicalmente me tratan como a su igual. Ellos están en contra de todo añadido a la música, incluso juicios estéticos u ontológicos o algo así me platicó Alf sobre El Manifiesto. Y eso me encantó. Que busquen ver en la música sólo música, sin importar de dónde venga, si es considerada original o bella o grotesca.

—El Manifiesto ¿lo has leído?

—Alf me advirtió que me preguntarías sobre eso.

—Y supongo que también te pidió que no me dijeras nada.

—Me dijo que sobre El Manifiesto, ni una palabra a nadie. Misterioso, ¿no? —Hizo una pausa— ¿Sabes? Eso me gusta de La Banda. Mi Banda. —Y cómo llegaste a la banda —no insistí sobre El Manifiesto, me estaba resignando a no leerlo nunca.

—¡Mh! Desde la facultad de música quedé en contacto con otros artistas; danza, teatro, ya sabes. Algún actor, en alguna borrachera, me invitó a poner música en el teatro, les gustó mi trabajo a varios directores y seguido colaboro con ellos. Al final de una función, en la fiesta de estreno, Rufino me abordó haciéndome preguntas sobre estética y arte en general. Me pidió opiniones sobre géneros musicales, sobre piezas en específico y otras tantas rarezas. Al final de la charla preguntó si estaba interesada en tocar en una banda, los escuché y aquí me tienes.

—Salazar ¿qué hacía en la fiesta?

—Es un adicto al teatro y con frecuencia pinta escenarios para las presentaciones; alguna vez diseña los programas o los carteles de las obras.

—Y tú ¿las musicalizas?

—Sí. Suena simple, pero no lo es. En realidad musicalizar no es sólo poner música. Las rocolas ya hacen eso. Musicalizar es hallas justo la pieza ad hoc que la escena necesita. Esa pieza puede ya existir o ser varias piezas o ni si quiera ser música. Y para eso se necesita una Cultura Musical amplísima.

—Tienes que escuchar de todo.

—Sí, pero de todo en serio. No como las personas que cuando les preguntan de su música favorita, responden que oyen de todo.

—Olga ¿qué música te gusta?

—La que está bien hecha.

Guardé silencio. Creí que bromeaba; no era así.

—Y ¿siempre hallas la música para una escena?

—Claro. Siempre, aunque a veces sea el silencio lo que se necesita.

—¿El silencio?

—El primer director de teatro con el que trabajé; el que terminó recomendándome a otros; me preguntaba sobre la música que pensaba usar mientras montaban la obra. No le respondí. Le pedí el libreto y tiempo para familiarizarme con la obra. Estuve durante todos los ensayos y platicaba con los actores sobre sus personajes, sentimientos, preferencias, etc. Cuando tuve el set se lo presenté al director; le encantó que en la escena cumbre la dejara sin música. En silencio… Claro que había ausencia de musicalización en otras partes, pero ahí, lo que pedía la obra era silencio, que no es lo mismo. El silencio, se olvida con frecuencia, es un elemento central de la música.

—El silencio como contraste… —Olga me interrumpió.

—No como lo contrario a sonido, sino como parte de él.

—…y ¿cómo definirías lo que haces? Sospecho que musicalista no te viene bien.

—Musicalista es sólo usar música. Yo sería algo así como Ambientadora Sonora.

—¿Sonorista?

—Algo así aunque ambos suenen desagradables.

—Olga, ¿habías tenido banda?

—Nunca. El DJ tiene ese estereotipo de Lobo Estepario aunque no conozcan o hayan leído a Hesse.

—¿Y te consideras una loba? —guardó silencio y me miró bebiendo de su vaso

—No eres muy hábil con las mujeres, ¿verdad?

 


 

a.

 

      Se llevó un libro y dinero para alcohol y comida. Eran sus primeras vacaciones pagadas en su existencia laboral y las primeras d...

Muñeca en la playa Muñeca en la playa

Ciudad de México

 


 

 

Se llevó un libro y dinero para alcohol y comida. Eran sus primeras vacaciones pagadas en su existencia laboral y las primeras desde hacía años.

El traje de baño bajo un short muy corto y un vestido muy largo, caminó por el pequeño pueblo de su infancia. Si no fuera porque iba de pies desnudos, se podría confundir con algún turista; uno de tantos que en los últimos años acostumbran inundar las pequeñas playas durante fines de semana largos y vacaciones.

Tampoco se trata ya de nadar entre la gente como en las grandes playas internacionalmente visitadas, donde hay más personas que agua, más pañales flotando en el mar que voluntarios salvavidas. Si se le compara con estos lugares, entonces sería una playa virgen. Aunque hay muchos más turistas de los que recuerda en su niñez. Hacía algunos años en la playa sólo veías a los habitantes del pueblo, a uno que otro de los pueblos vecinos y, rara ocasión, a un turista que, por lo general, había llegado al pueblo por accidente. Una desviación errada; una indicación o mal dada o mal interpretada; una deficiente lectura del mapa… cuando la inexistencia del GPS permitía, de repente, hermanarse con Marco Polo o Magallanes.

Éstos, los juereños, encantados con el lugar: el mar, la comida, las playas, los precios; siempre prometían volver, pero pocos lo cumplían. Y es que El Pueblo se halla en la parte donde la sierra y la costa se juntan y se estrechan durante horas de carretera. Así, al este días a pie de sierra rellena de espesa flora; al norte 2 y ½ a 3 horas de carretera sin casi ninguna recta hacia la ciudad más cercana; la segunda ciudad más cercana estaba a 6 horas de serpenteante carretera hacia el sur; y al oeste, más de un par de miles de millas náuticas hasta la isla más cercana. Estas condiciones geográficas, hacían del pueblo un lugar poco turístico, no había hotel, sus habitantes rentaban sus patios a campistas, algunos habían fabricado palapas y rentaban hamacas. Casi todos, por unos pesos, cocinaban desayunos y comidas. Para cenar, había en todo el pueblo sólo una taquería y una casa cerca de la plaza donde la esposa del presidente municipal preparaba quesadillas, sopes y similares; durante años hubo sólo dos tiendas y un teléfono. Ahora las tiendas habían ampliado su mercancía, pero no su número, y el teléfono se había convertido en un local de computadoras e internet a renta. El encargado se llama Luis.

 

 

Agnición

Luis, en una hamaca, esperaba con tranquilidad a que la compañía reestableciera el servicio de internet en el tendejón de la entrada del local. Las caídas del sistema son frecuentes. Mientras, Patricia pasa por la calle.

—¿Descalza? ¡Te vas a quemar!

Gritó echado desde la hamaca.

Ella se acercó a la sombra. Lo miró y le sonrió un hola.

—Descalza pero con itacate —observó— ¿Qué llevas ahí?

El libro estaba en la toalla, la toalla amarrada como bolsa colgada de su hombro.

—Nada ¡cabrón! ¿Qué te importa?

—Hola Patito, me da gusto verte.

—Hola Luis, a mí también.

—¿Vas al charco?

—¡Ey!

—Si vas a estar ahí mucho rato, te alcanzo luego y te llevo las empanadas que seguro se pondrá a hacer mi amá en cuantito te sepa por acá.

—Me va. ¿Te dejo varo?

—Sólo si quieres que mi amá se acuerde de la tuya.

Crecieron juntos. No es que se hicieran amigos, desde que Luis recuerda Pati ya estaba ahí. Le pasaba algo similar a ella. En todo caso, las amigas eran sus madres, y eso a fuerza de coincidencias. Nacieron en el mismo año, en meses diferentes pero con menos de una semana de distancia; fueron compañeras en las primeras escuelas y vecinas hasta de embarazos que, para hacerlas aún más cercanas, sucedieron casi simultáneamente. Sólo en pocos aspectos no coincidieron las madres de Patricia y Luis, pocos pero de consecuencias importantes. Patricia no conoció a su padre, y en el Pueblo la sardónica broma era que probablemente ni su madre lo había conocido. Los padres de Luis se casaron. Él pescador, dueño de una lancha de motor y de un jacal cerca del estuario del pueblo; ella dejó de estudiar cuando Luis nació para cuidarlo y encargarse de todas las tareas que el machismo mexicano cataloga como trabajo de hogar. La madre de Patricia no dejó la escuela. El padre de Luis heredó el negocio del abuelo y nunca salieron del Pueblo. La madre de Patricia se la llevó a vivir a la ciudad; no quería al Pueblo ni en su futuro ni en el de su hija, tal vez cansada de que su Pueblo nunca le perdonara haberle dado una hija bastarda.


Patricia comenzó a sentir que la dura tierra bajo sus pies desaparecía y a cambio dejaba la cálida arena; percibió la brisa salada en su cara, inhaló con profundidad todo el aroma, abandonó sus ojos a la inconmensurabilidad marina poniendo de fondo sus párpados para no perderse. Y el universo se tambaleó, comenzó a desequilibrarse, se contrajo en vez de expandirse, sí, como en un agujero negro. Sí, también desapareció el tiempo y el espacio. Exhaló. Y de quién sabe dónde aparecieron imágenes de su niñez en el mar y de su actual vida en la Ciudad de México. Ella de niña, en el agua y ahora de adulta viviendo en una ciudad sobre un antiguo lago. Parece que no cambió mucho, paso de agua a agua, del mar al lago desecado. “Quien cambia de lugar ya no es de ninguna parte, ni de donde se salió, por salirse, ni de donde llega por llegar. Para unos ya no eres de ahí, por irte, para los otros nunca serás de allá por llegar” … Patricia recordó éstas líneas de una novela que leyó… quién sabe dónde… ¿Por qué será que después de que la honda experiencia de un sentimiento sublime nos pierde, siempre algo tan burdo como cotidiano nos obliga a regresar? Al pasar cerca de ella, un tipo en tono nefando, le susurró algo sobre lo amplio de sus caderas, y terminó la frase con la palabra muñeca. Patricia suspiró y pensó que si llevara su uniforme aquel comentario no habría sido. Incluso si fuera acompañada… decidió no ubicar el origen del susurro para no ponerle cara, pues buscaba pasarla bien en la playa y ese tipo no lo impediría. Pero la memoria le recordó que no tiene voluntad...

 

 

§

En El Pueblo los niños se bañan desnudos en las pozas que se hacen en el río que desemboca en la playa. Él, el hermano de su madre, encargado de cuidarlos, se baña siempre con ella; la veía desnudarse y vestirse; le decía que estaba revisando que ella se hubiera lavado bien. Y si no lo hacía, él se encargaba, pero, a diferencia de su madre, él no usaba la fuerza para limpiarle la piel de todo el cuerpo. Sino que la tocaba muy suavemente y le tarareaba al oído con ternura, ella se sentía tan calmada que frecuentemente se dormía, no sabía durante cuánto tiempo. Aunque no debería ser mucho porque, al despertar todavía modorra, él aún no terminaba de lavarla. Pati no sabía por qué después de los baños con él le quedaba algún dolor en ciertas partes del cuerpo.

Alguna vez su madre los encontró a mitad del baño y se enojó tanto que Pati le prometió a su madre que, si tanto le molestaba, nunca más se bañaría con él.

—Estoy molesta con él, no contigo. Contigo nunca.

Su madre y él jamás se volvieron a hablar; al poco tiempo Pati y su madre se mudaron del Pueblo.

Él se fue al norte y nadie ha sabido nada.

 

 

 

§

Después de detenerse por algunas cervezas en la tienda a pie de playa, terminó de llegar. Halló sombra bajo una palapa a medio derruir, extendió la toalla, se echó panza abajo, abrió la lata de cerveza —marca que no se consigue en la ciudad— y el libro; les pegó un gran sorbo a ambos.

Se trata de una novela mexicana de autor poco conocido. Le ofendió el bajo precio del libro, preguntó en la librería si se trataba de un error. Resultó ser el precio correcto. Decidida lo compró para honrarlo, esto es, para leerlo. Y, tal vez a fuerza de prejuicios positivos, resultó ser una buena novela. Pequeña y en edición casi de bolsillo, pero bien escrita, muy amable para leer en viajes. Patricia, desde su primer Dostoyevski se convenció que dejarse ver en público leyendo una novela rusa, debido a la extensión y tamaño del libro, sería de mal gusto. Por eso las leía sólo (sola) en casa y nunca las llevaba de viaje. Así también leyó El Quijote, Los Miserables, 2666, varias del poco conocido Von Archimboldi, todo de Julian Carax y otras pocas de su compatriota David Martín. Todos auténticos ladrillos difíciles de sostener frente a la vista pero, por lo mismo, excelentes para los tríceps o, si se es un lector que ha superado la vanidad por el cuerpo, el facistol es siempre la mejor opción.

Aunque fue una estudiante promedio, nunca dejó de leer casi desde que aprendió. Ya en la universidad brilló. Fue la única escuela agradable. Al abandonar la Facultad de Humanidades porque tuvo que trabajar por la enfermedad de su madre, la tomó contra los libros, dejó de leer durante un tiempo. Y el ir de un trabajo malo a otro pésimo, como rebotando, no ayudó; pues ni tiempo tenía ya no de leer, sino de extrañar la lectura: horarios oficiales de 8 horas con una de comida —que sólo se cumplían los sábados que se suponía debía sólo trabajar ½ día— y reales de casi 10 por ½ para malcomer. Y esto más los traslados; en promedio de 1 ½ hora de ida y con frecuencia un poco más de regreso, sin contar retrasos por lluvia o manifestaciones. Sueldos raquíticos, sin seguro médico: condiciones laborales que ponen en duda el triunfo de la Revolución. Bueno, sí se ganó, nadie lo duda, pero ¿quién la ganó?

Existen absurdos necesarios para explicar con propiedad ciertos fenómenos que sin ellos, se nos escaparían. A veces la rigurosidad que exigen ciertas parcelas de la realidad para ser medianamente explicadas, no respeta la frontera del tiempo y cae, sin remedio, en el terreno del anacronismo (esto la literatura lo sabe muy bien):

Asalariado: el nuevo esclavo.

 

Trabajador

Entre semana Patricia sólo podía dormir y comer, además de trabajar, los sábados se daba lujo de buscar relajarse para descansar; y los domingos había que atender la necesidades del hogar. Así que de leer ni quién se acuerde.

La reconciliación con los libros vino en la Academia de Policía por las lecturas obligatorias, principalmente manuales, reglamentos y alguno que otro documento técnico. Con una biblioteca poco variada y un tanto de tiempo libre que le permitían las clases, recayó en su adicción.

De vendedora, edecán, recepcionista, cajera, limpieza. Todos trabajos muy matados: malpagados y agotadores además de inestables. Un día se enteró de los requisitos para hacerse policía. Le interesó por el dinero, la estabilidad y los derechos laborales mínimos; además del detalle que la hizo decidirse fue que a todos los ingresados a la Academia de Policía, se les da beca y, por supuesto, egresan con trabajo asegurado en caso de buen rendimiento académico.

No significa que a los policías se les pague bien. Sino que hay peores trabajos, siempre los hay.

Ya en la fila para realizar el trámite de ingreso a la Academia se dio el respiro necesario para que su conciencia le cuestionara sobre la profesión policiaca, su mala fama y su verdadera función social.

 

 

Estado policiaco

Con educación no habría delincuencia

Más escuelas = menos prisiones

La policía es la parte del pueblo que reprime al pueblo bajo órdenes de quienes no son el pueblo.

Si la función del Derecho Civil sirve para que los ricos roben a los pobres y la del Derecho Penal para impedir que los pobres roben a los ricos, entonces la policía es la entidad que garantiza la función de ambos.

Gracias a su no breve estancia en la Universidad se sabía todas las consignas y argumentos contra la policía. Hasta mentalmente había hecho una lista de excompañeros que le recriminarían su decisión profesional. Quienes le dejarían de hablar; quienes no. Quienes la comprenderían.

Ella, Patricia Plaza, pensó así: mi decisión profesional es acabar la universidad y luego hacer un posgrado. Pero mi realidad material no lo permitió. La Academia de Policía es una decisión laboral, no profesional. No confundir porvenir con formación, como escribió Reyes. Parece ser que la conciencia es un lujo; la ética es el postre del banquete que no podemos saborear los que apenas podemos pagar el primer plato.

Estas ideas no la abandonaron mientras se preparó para el examen de ingreso, estuvieron con ella durante las pruebas médicas, las físicas y, a las únicas que le temía, las psicológicas. Cuando se le notificó que había logrado la evaluación más alta en todas, no se dejó marear por los vapores de la soberbia, tenía claro que los demonios de la vanagloria sólo fanfarroneaban. Ella no quería ser policía. Tener las notas más altas sólo significaba para ella una victoria vacía: ganar lo que no quieres es, aún, perder lo que sí quieres. ¿Gloria pírrica?



Con los brazos dormidos por estar bocabajo, variaba ponerse bocarriba, hasta con sentarse en loto. Libro y cerveza intercalados. Avanzaron los capítulos y los mililitros. Se recreaba en unos, se refrescaba con otros. Aún con libro por leer, se agotaron las cervezas. Fue por más. Bebiendo se dedicó a admirar el azul horizonte y aprovechando la pausa, decidió darse un chapuzón. Mientras avanzaba el agua desde sus pies hasta su cuello pensó: Aunque hoy sí, normalmente no estoy donde quiero. Eso no lo decido. Pero decido qué actitud tener ante eso que no decido. Sonrió.

A unos pasos de donde acaba la arena, frente a la última palmera, si se viene del mar; la primera si se viene de tierradentro, hay una palapa construida por el abuelo de Luis, bueno, la estructura es lo que construyó, porque las hojas de palma que se usan para techar se han tenido que cambiar, más o menos cada 15 o 20 años.

De las vigas estructurales de la palapa —que sirve de entrada a la casa de Luis en la que están las computadoras a renta— invariablemente penden dos hamacas.

—Creí que no volverías. Que para mis ojos pudieran de nuevo mirarte, tendría que ir al Dictritode Fecal.

Patricia Plaza suspiró.

—¡N’ombre! Luis. Si yo soy de aquí. Pero el día que quieras allá me caes. Hay mucho que quiero que veas.

Luis todavía echado en la hamaca desde que Patricia regresó de la playa, la miraba con gusto y deseo.

—Pues de aquí, pero ya ni hablas como los de aquí. Y sobre ir pa’llá, ni dios lo permita. Allá la gente está loca.

—¿Cómo sabes que está loca si no la conoces?

—No ocupo conocerla, sé que está loca… ¿Miras la palmera esa?

Levantando el pie que le colgaba de la hamaca y que usa de pronto para mecerse, Luis le señala a Patricia en dirección de la entrada.

—Ey —le responde.

—Creo que ahí comienza el terreno. Y ¿ves pa’llátrás? Después de que termina la casa, pasando las matas de jitomate y frijoles…

—Ajá, el huerto.

—… luego del gallinero sigue un pedazo pelón y luego yerba—. Dijo Luis después de tronar la boca.

—Ajá.

—Bueno, pues en ésta área vivimos mi ’Amá, mi manita, mis sobrinos y yo. O sea, tres adultos y tres niños. Bien, a 15 minutos del Zócalo de la capital del país, la ciudad donde tú vives, hay un edificio de departamentos que tiene ésta misma área que mi casa, con patios; allá viven 110 familias, acá 1… sé que están locos sin conocerlos, no’más sabiendo cómo viven. Y esa loquera se te pegó: nadie de acá llamaría a mis matas un huerto. Mañana, si quieres te llevo a mi huerto.

Patricia calló.

—Pero siéntate, loca. O si quieres ahí está la otra hamaca. ¿Quieres una fría?

Patricia se extendió en la otra hamaca dejando sus bártulos playeros en el suelo.

—¡Manita¡—gritó Luis.

—Entonces todos estamos locos. Aquí, por ejemplo, las niñas se casan niñas y niñas tienen hijos.

—Eso sí. Aquí hay poco qué hacer… Ésta ha de estar sorda.

Luis se levanta de la hamaca y vuelve con un par de cervezas. Le pasa una a Patricia y le pregunta.

—¿Qué tal el agua? ¿Quieres ya comer o al rato? Ya casi están las empanadas de mi Amá.

—Le siguen quedando igual de buenas.

—Pruébalas y me dices. ¿Ya te casaste?

—No mames no.

—Pues al rato vendrá un amigo que estoy seguro te gustará.

—No creo Luis.

—¿Quieres apostar?

—Va.

—Es un tipo increíble que… —lo interrumpe Patricia:

—¿Increíble? ¿Pues cuántos penes tiene? —Luis continúa como si nada:

—…que no es de aquí, vino a trabajar, a dar cursos, desde números hasta letras, es más hasta unos están estudiando francés con él, se llama Toño.

En lo que Antoine Dinant se aparecía, Patricia y Luis vaciaron algunas cervezas y se pusieron al tanto de sus vidas. Luego, cuando Luis comenzó a cabecear la siesta, Patricia regresó a su novela, tan tranquila; ignorante de que ese día, más tarde, contra todas sus creencias y todo pronóstico, conocería al amor de su vida.

 





a.

 

Fue en la infancia. Desde niño he tenido palabras favoritas. Simplemente me gusta cómo suenan. Tenía una lista. Aún la tengo. Crece y...

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Ciudad de México

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Fue en la infancia.
Desde niño he tenido palabras favoritas. Simplemente me gusta cómo suenan. Tenía una lista. Aún la tengo. Crece y crece. Aunque últimamente he pensado en borrar una. Es de las más viejas, es de las primeras; estuvo desde hace muchos años. Cuando la agregué a la lista no sabía qué significaba. Es extraño, pues no recuerdo haberla oído ni leído en ninguna parte. Un día por la mañana ya la conocía y para antes del desayuno ya estaba apuntada. En esa época carecía de la manía del diccionario, así que podía leer, incluso usar palabras, sin conocer su significado. Lo primero que pensé fue que se trataba del nombre de algún lugar; quizá no de un país, me sonó más a una ciudad, una vieja ciudad que haya sobrevivido al dominio de varios imperios, reinos y tiranos. En esa ciudad no habrían inventado nada importante, o por lo menos no tendríamos registro de ello. Tampoco conoceríamos a ningún hombre ilustre como Arquímedes o Pitágoras. Definitivamente sería una ciudad pacífica, sin grandes generales incapaces de comunicarse con sus esposas ni con sus hijos, inútiles en tratar con sus vecinos, pero ambiciosos por conquistar el mundo; ser político, ahí, no sería profesión; los cargos públicos se ejercerían por sorteo y por tiempo indefinido, a la primera falla el encargado debería renunciar. Sería, sin duda, una ciudad de seres humanos. No habría biblioteca pública, todos tendrían en casa biblioteca y el préstamo de libros sería un fluir permanente. No habría libros prohibidos. Sus ciudadanos tendrían dos trabajos, ambos bien pagados; uno, necesario para la ciudad, el otro, necesario para el ciudadano, ambos elegidos por ellos mismos. El sueldo sería el mismo para todos. En la ciudad no existiría la propiedad privada, pero… nunca se trató de una ciudad. La palabra no nombraba un lugar.
Cuando la agregué a la lista no sabía qué significaba. Madre me explicó que era un nombre propio y aunque muy raro hubo una pintora llamada así que se casó con un muralista personificando una relación destructiva —donde las haya— para llegar a convertirse en un paradigma del amor tormentoso. ¿Un nombre? Durante un par de noches no pude dormir pensando en cómo hacer para conocer a alguien con ese nombre. Invertí algunos días en el directorio telefónico; un par de veces descubrí a padre mirándome preocupado, algunas me preguntaba qué buscaba, yo le decía, nadanada, mientras seguía hojeando. Seguro estoy que mi respuesta sólo ampliaba su preocupación. Si ya desde pequeño era de intereses anómalos, leer el directorio seguro no lucía mentalmente salubre. Pobre padre, a veces pienso en su vida, en los hijos que le tocó crecer y cada vez me sorprende más cómo siempre se mantuvo tan humano.
Las preocupaciones se tornaron regaño cuando comencé las llamadas. Eventualmente en el directorio hallé pocas personas con ese nombre tan llamativo para mí. Marcaba su número y pedía con ellas, luego hablaba como si fuéramos viejos amigos; todas, unas inmediatamente, otras antes, me colgaban cuando les pedía que nos conociéramos, que me fascinaba su nombre. En casa me prohibieron el uso del aparato telefónico. No pude hacer nada para conocer a alguien con ese nombre; entonces pasé a pensar cómo sería. Su cara, sus manos. Me emocionaba la idea pero eso no bastó. Comencé a hacer un dibujo, luego varios más; tenía diversas versiones, a diferentes edades y de distintas razas. No fue suficiente. Luego de los dibujos comencé a escribir diálogos entre los dibujos y yo; todo para estar listo cuando, por fin, conociera a alguien con ese nombre. La parte más difícil de escribir era donde debía explicar la atracción que el nombre me inducía:

—…
—Oh. Qué nombre tan interesante. Sabes, me gusta mucho, incluso antes de conocerte ya me gustaba. De hecho desquicié a algunas tocayas tuyas vía telefónica. Es más, tengo un par de dibujos tuyos que hice hace un tiempo; y de los diálogos ni te digo…
—…

Seguro mi interlocutora saldría corriendo con la sólida sospecha de mi desequilibrio psicológico como motor. Y no podría contradecirla, pues incluso llegué a desarrollar algunas hipótesis sobre su voz, su modo de ser, la forma de su cabello; cuando hallaba algo que me gustaba, me preguntaba si a ella le gustaría también. Fue, absolutamente una obsesión.
Pasaron años para que conociera a Tipitina. De algún modo, desde siempre yo supe que me enamoraría de ella; incluso antes de conocerla. En realidad era un presentimiento, pues si lo hubiera sabido antes, seguramente, habría decidido evitar tanto dolor.
Tipitina había nacido en Nueva Orleans, y después del huracán Catrina  debió mudarse. Sus padres, que lo perdieron todo, emigraron a Ciudad de México; se dedicaban a la música, la poesía y la pintura. Yo la conocí en la escuela. Creí que se trataba de algún intercambio estudiantil. Cuando la vi me sorprendió mucho que no se pareciera a ningún dibujo mío. Por esas fechas, mi novia era fotógrafa y Tipitina, con cámara en mano, se hizo su amiga. Hasta el día de hoy hay quien sostiene robo de novio. Yo recuerdo que un buen día Cleo llegó en compañía de Tipitina y me la presentó como su aprendiz. La saludé y las dejé en su negocio, desde el primer vistazo me pareció una muñeca; poseía tal gracia que no podía ser natural; cuando supe su nombre todo estaba dicho: Tipitina y yo debíamos tener una historia; aunque, para ser justos, mi historia con ella ya existía antes que la suya conmigo; tal vez por esta razón es obvio que la mía con ella continúe cuando la de ella conmigo ya terminó.
La mayoría de su familia había sobrevivido de milagro al huracán. La historia tenía rasgos anormales. Tipitina cuenta que su abuela supo algo a inicios de agosto del 2005 que la tenía muy inquieta e hizo todo lo posible para alejarla de la ciudad las últimas dos semanas del mes; le explicó que era peligroso quedarse en Nueva Orleans y que debía irse de ahí. Ella le decía Tita. Tita se asustó mucho; la abuela convenció con ardides a sus padres para que salieran de viaje llevando a la niña; Tita no quería dejar a la abuela, si pasará algo aquí, debes ir con nosotros, le dijo; pero la abuela, tranquila, le respondió, debo quedarme Tita, lo que es dañino para ti no lo es para mí. Se despidieron de la abuela; los padres con normalidad, Tita con euforia, aceptando que no volvería a ver a la abuela jamás.

—Oye Tita, y ¿cómo es que tu abue supo del huracán?
—Ella no sabía del huracán, sólo supo que algo pasaría en la ciudad.
—… Y ¿cómo?
—No lo sé. Mi abuela era de tradiciones extrañas y creencias antiguas; no americanas. 
—¿Sabes quién es la Catrina en México?

Sólo a los gringos se les pudo ocurrir ponerle Katrina a un huracán. Las ocurrencias salen caras.
La verdad es que no recuerdo cómo me acerqué a Tipitina. Creo que fue en una reunión al final de un ciclo escolar, buscaba hablarle pero sin decisión. En algún punto coincidimos y comenzamos lo nuestro. Fue durante un viaje con amigos a las afueras de la ciudad; en una zona boscosa entre cervezas y pláticas descubrí en ella a una compinche, colega de travesuras y partícipe de hazañas adolescentes. Ese mismo día, como sellando el pacto, al despedirnos nos besamos. Nada más volviendo a casa comencé a escribirle cartas.  Todas las comenzaba con Tipitinadospuntosyaparte y las firmaba siempre diferente, se las entregaba en mano cuando la veía en la escuela; ella me las respondía, las mías eran largas y, seguramente, tediosas, las de ella, parcas, breves y, por eso, desesperantes. Nunca le dije de mi obsesión por su nombre, simplemente comencé a obsesionarme con ella también. 
En ese entonces llevaba el cabello largo, al pasar los años se lo vi de todos tamaños. Lo más constante fue que siempre se lo hacían mal, nunca estaba contenta con el tamaño o la forma. A mí siempre me pareció hermoso. Sus ojos grandes, cordiales  y profundos; me gustaba verlos cuando me hablaba y más cuando estaba ebria, se inyectaban en sangre y el color resaltaba. Sus manos me gustaban, que llevara anillos más. Tenía ese tic muy común de las personas que los usan, pero ella lo hacía muy suyo; cuando te hablaba concentrada, se tomaba los anillos de una mano con los dedos de la otra, rozándolos, girándolos levemente los miraba como en análisis profundo mientras trataba del tema en cuestión. Sus uñas crecían de un modo tan perfecto y ¡la pintura!; cuando se ponía pintura en las uñas sus manos lucían tan expresivas que normalmente me resultaba difícil poner atención a lo que me decía. Para señalar siempre usaba su índice, pero señalaba chueco, señalaba más con el nudillo que con la yema del dedo. Me quedé con las ganas de verla con pintura negra en las uñas. Me quedé con ganas de tanto… Sus labios; cuando comenzamos a besarnos no podía controlar la ansiedad que me provocaban; al besarlos los mordía un poco; era común que la lastimara. De hecho sus orejas, las piernas y las nalgas me provocaban la misma ansiedad, sólo quería o morderlas o palmearlas.
Le gustaba beber ginebra en cantidades industriales; sus amigas la bromeaban sobre ello, decían que Tita estaba a punto de ingerir turbosina. En múltiples intentos, todos fallidos, busqué vencerla en la bebida. Tipitina de hígado sólido. Sobre lecturas nunca compartimos mucho, ella se iba más por la poesía; a mí eso nunca se me dio. Sobre música siempre supo más que yo y le aprendí bastante a ella y a sus padres. El cine fue lo que más me afectó. Durante años miré y miré películas, aburridas, interesantes, europeas, asiáticas, rarísimas, “cultas”, multipremiadas, internacionalmente reconocidas, extrañísimas. Se trató de sobre exposición; en casa de Tita aprendí a ver cine con ficha técnica: director, país, etc. Hoy estoy harto de eso. Pienso que cinéfilo y pedante son términos intercambiables. Ahora veo lo que sea, aparente ser malo o pésimo, se acabó mi paciencia, hoy los órganos a los que menos respeto les tengo son el hígado y los ojos. Es sólo una de tantas consecuencias de haberla conocido.
Ella y yo hicimos tanto juntos.
Fundamos un par de clubes, uno de ellos era sobre ocupas. En aquellos años a ella le dio fiebre por fotografiar puertas y coincidió con una mal mío sobre casas, me gustaban las casas viejas y abandonadas. Casi cada semana hacíamos recorridos juntos, ella fotografiaba puertas y yo tomaba nota —dirección, descripción, tipo; si lucían abandonadas o no…— de las casas de mi gusto, parece que fue cuestión de tiempo. A las pocas semanas comenzamos a planear pasar la noche en esos edificios abandonados. Ella tuvo que decir a sus padres que se quedaría en casa de una amiga; llevamos un par de bolsas para dormir, una lámpara de pilas y un poco de agua. Esperamos que anocheciera para saltar la reja —no muy alta pero sí peligrosamente oxidada— de la casa aquella. No sé de arquitectura pero parecía de tipo victoriano aunque nada era de madera, excepto los pisos; grande, con ventanales en cada pared y techos altos, dinteles en exageración y gruesas columnas en la entrada soportando un frontón de insinuaciones olímpicas. Tenía tres pisos y dos escaleras, la grande, que se hallaba frente a la puerta principal y una trasera que llevaba a todos los pisos y a la azotea de dos aguas. Toda vieja, muy vieja y finústica.
Al entrar exploramos todo el edificio y elegimos la que pensamos debía ser la habitación principal para instalarnos. Pasamos la noche, platicando y caminando la casa; luego, cansados, nos acostamos a seguir platicando; ella se durmió primero, sería la primera vez, siempre ella se dormiría primero siempre. Yo la miré dormir un rato escuchando su sinusítica respiración, estábamos abrazados, no lograba dormir, estaba muy emocionado, cuando su sueño fue profundo comenzó a respirar profundamente, eso me arrulló. Luego sus ronquidos me despertaron.
Así fue nuestra primera noche juntos, en una casa abandonada, sucia, derruida, pero hermosa; hoy no es más que una tienda de mármoles europeos, frívola y a la moda. Todo termina por terminar.
Fundamos también un cineclub en la escuela. Fue un martirio tramitar los permisos, escribir el proyecto, presentarlo y convencer a las autoridades de la importancia del cine para el desarrollo integral del estudiante. Nos pareció natural buscar el apoyo de los profesores de arte y apreciaciones artísticas, pero no nos ayudaron; Tita me convenció de que se trataba de envidia, que a esos profesorsuchos no les había gustado que a dos estudiantes se les ocurriera lo del cineclub y no a ellos. Y tenía algo de razón, tanto la idea como la propuesta y la realización debieron ser de ellos.  Las primeras sesiones fueron muy populares, pero las películas seleccionadas por Tita ahuyentaron a más de los que se acercaron. La novedad enamora. Lo ciclos eran sobre directores, el nombrado cine de autor, el problema fue que a los compañeros les interesaban más mirar pelis de Hollywood, cineblandito, le decíamos entonces. El club sucumbió pero Tita y yo de ahí hicimos amigos con los que, durante años, nos juntamos a mirar filmes. Hoy ya tampoco los veo a ellos.
Recuerdo que le gustaba que le cocinara; lo hacíamos seguido en su casa. A veces solo nos veíamos para leer juntos, no el mismo libro; cuando encontraba alguna parte que me gustaba la interrumpía y se la leía. Ella me escuchaba. Al llegar a la universidad estudiábamos juntos. Planeamos y realizamos viajes juntos, a Tita le gustan los pueblos pequeños, sin nada qué ver ni qué hacer y pasear por ellos aunque es pésima para caminar. Pero nadar le fascina, aunque nunca lo hace. Nunca hace cosas que le fascinan. No sé si se de cuenta…
Recuerdo tantas cosas de ella y que con ella hice pero no logro decir qué pasó para que no pudiéramos seguir juntos. Tita diría que mi memoria es muy cómoda y que sólo recuerda lo que quiere recordar. Que sea como ella dice, al cabo fue como ella deseó, un permanente, decidido y sentimental boicot.









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