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  Estoy emocionado. Desde siempre he oído sobre El manifiesto de La Banda. Hablan de él y lo poco que se sabe, más el hecho de que sólo Alf ...

Por fin Por fin

Patricia Plaza

 

Estoy emocionado. Desde siempre he oído sobre El manifiesto de La Banda. Hablan de él y lo poco que se sabe, más el hecho de que sólo Alf y Rufino lo conozcan genera expectativa y curiosidad. Desde que entré a La Banda he querido leerlo y hoy, por fin, después de mucho insistir, han accedido a mostrármelo.

—Dinant y yo creemos que ya es hora. Te diremos todo sobre El Manifiesto —me dijo Rufino Salazar.

 

El lugar de la cita es una cantina llamada la U. de G., se halla en una colonia tan céntrica como peligrosa. De menú variado para todos los gustos excepto el vegetariano, el edificio tiene acabados en madera y fachadas en Art Déco bastante descuidadas. Dan un servicio que enamora. Tienen cavas en varios muros de vidrio, se tratan de cubículos donde los clientes pueden guardar sus botellas. Creo que la regla es comprarlas ahí, mínimo 2 y el espacio se desocupa cuando las botellas se terminan, obvio mientras tengas qué beber, habrá espacio para guardar.

Siempre hay música, cuando es en vivo se trata de música tropical; cuando no, es más variada. Llegué temprano, estaba ansioso; sonaba algo de bebop. Mientras Alf y Rufino me alcanzaban, puse a revisar mis notas sobre lo que había oído decir del Manifiesto.

 

 

En varios contextos escuché a Rufino y a Alf comentar:

Ah, como en El Manifiesto

O:

Mira, como en El Manifiesto.

También lo usaban como inicio de intervenciones:

Como en El Manifiesto sostenemos…

O:

Como ya pusimos en El Manifiesto…

Y luego continuaban hablando sobre un tema que, supongo, estaba sustentado o tratado en El Manifiesto.

En pláticas sobre el arte en general, alguno de los dos, Alf o Rufino, despreciaban el comentario innovador o la idea revolucionaria diciendo algo así como:

Eso ya lo consideramos en El Manifiesto.

O:

Eso ya lo incluye El Manifiesto.

Pero rara vez lo citaban.

Por lo que sabía, de a oídas e inquisiciones, nadie fuera de este par lo conocen y como son los más antiguos miembros de La Banda, los fundadores, se deduce que ellos lo escribieron, aunque todos lo llegaban a mencionar alguna vez.

 

Olga sostenía estar de acuerdo con El Manifiesto aunque inmediatamente aceptaba tajante que no lo conocía.

Adela que sería interesante leerlo.

Clemens incluso lo citaba pero terminaba aceptando a regañadientes, después de mucha insistencia mía, que nunca lo había visto, menos leído; entonces, sólo repetía lo escuchado en boca de Dinant y Salazar.

Ya harta de desconocerlo Patricia Plaza decía: El Manifiesto es el grimorio de La banda. O: El Manifiesto es el Necronomicón de La Banda.

Primero llegó Salazar. Ahora sonaba blues. Yo seguía leyendo mis anotaciones. Nunca hasta ese momento había percatado que siempre es puntual cuando no se trata de fiestas.

 

—¿Qué es todo eso? —preguntó.

—Son mis apuntes sobre lo que sé del Manifiesto.

—¿Puedo?

Asentí.

 

Mientras revisaba mis notas llegó Dinant.

—Señor, ¿le traemos algo de la cava? —preguntó el mesero a Dinant, apersonándose simultáneamente cuando éste se sentara. Parece que venía tras él.

—¿Me recuerdas qué tenemos?

—Todo: Bacanora, Sotol, Tepemete, Charanda y Mezcal. ¡Ah! Se acabó el Nanche y el Xtabentún.

—¡Y yo soy el borracho! —bufó Salazar— A mí tráeme un Tepe —Todo esto sin levantar la vista de las hojas.

—Tú podrás ser borracho, pero éste es doble a: A. A. Dinant, ¿recuerdas? —intenté bromear; nadie rio.

—Yo un mezcalito, ¿y tú? —me preguntó Dinant.

—Yo igual, gracias —dije al mesero mientras señalaba a Dinant. Y él:

—¿Le pueden cambiar a la música?

—Claro. ¿Qué sugiere? —contestó el mesero.

—Lo que sea menos eso.

Dijo Dinant y luego remató sobre la mesa mientras el mesero se alejaba:

—El blues, muy bueno para ser rock, muy malo para ser jazz.

Y Salazar burlón:

—Muy serio para ser rock pero y cobarde para ser jazz.

Salazar seguía revisando mis notas. Dinant le preguntó:

—¿Y eso?

—Son apuntes sobre El Manifiesto —le respondió Salazar.

—¡Mira! Tenías razón.

—¿Sobre qué? —pregunté yo.

—Salazar dijo que tendrías material sobre lo que has oído del Manifiesto…

Salazar interrumpe:

—Pero lo realmente importante es las notas que tienes sobre lo que no sabes del Manifiesto.

Yo: Pues muy fácil, denme El Manifiesto y hacemos una lectura comparada.

Dinant: Ése es el problema.

Llegó el mesero con las bebidas. Al terminar de ponerlas en la mesa y antes de irse preguntó:

—¿Algo más?

Salazar antes de tocar su bebida dijo:

—A mí veme trayendo otro y nomás no dejes que me seque.

—Claro señor —le dijo el mesero.

Y se fue.

—¿Cuál problema? —pregunté.

Dinant: No te lo podemos dar.

Yo: ¿Y por qué no? ¡No me jodan! Creí que ya era miembro de La Banda.

Y Salazar, bebiendo de un trago su Tepemete:

—No te podemos dar lo que no existe.

Silencio.

 

Miré a Salazar, no parecía estar bromeando; luego a Dinant que miraba por la ventana, bebiendo.

Llegó el mesero con el trago de Salazar. Y no sé qué cara tenía yo.

—¿Sabes qué? Tráete las botellas para que no te estemos molestando. Por favor. —dijo Dinant.

Al poco, el mesero, llevó las botellas del Mezcal y del Tepe.

—No comprendo —dije.

Salazar ya se llenaba de nuevo el vaso que nunca vi cuando lo vació.

Alf tomó la palabra:

—Creí que sería obvio para ti.

Y Salazar:

—¿Qué hace un escritor en una banda de música?

Guardamos silencio. Bebí, vacié, rellené; bebí de nuevo, hasta que terminamos las botellas. Luego pasamos a pláticas de borrachera, de la música, de literatura y como buenos borrachos, pasmos a resolver el mundo.

No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, pero al salir ya clareaba, no sé cuántas horas ni cuantas botellas pasaron después de la hora del cierre. A los clientes como Dinant —que resultó ser amigo de dueño— los dejan quedarse mientras limpian todo.

Camino a casa, en ese momento de sublime existencia y meridiana claridad, esos instantes de tranquilidad zen previos a la resaca tenía que repasarlo todo. La Banda había conseguido si no a un escritor, al menos a alguien que se las diera de tal, por aquella idea innovadora de que un músico nunca escribirá igual de bien que un literato; así entendí, también, que mi trabajo en La Banda no era sólo escribir las letras de las canciones, sino escribir todo lo escribible y eso incluía, por supuesto, al Manifiesto.

La buena noticia era que no tenía que inventar nada. El Manifiesto ya existía, sólo había que escribirlo; como sucede con las novelas. Irónico, ¿no?

 


 

a.

 

 

    Sobre primeras veces… la primera vez que bebí con Rufino nos invitaron a la fiesta de graduación de unas alemanas que habían estudia...

Círculo vicioso Círculo vicioso

Patricia Plaza

 


 

Sobre primeras veces… la primera vez que bebí con Rufino nos invitaron a la fiesta de graduación de unas alemanas que habían estudiado antropología en la ENAH. El jolgorio fue en una casa grande o mansión pequeña, según el estrato social de donde se provenga. Una celebración en forma, a lo primer mundo, por supuesto; mucho alcohol, buena música y más rubias ojiclaras de las que estoy acostumbrado a ver.

Ese día —noche— convergieron múltiples coincidencias, estaba casi toda la banda y allegados. Patricia con Dinant —en su Época de Oro de la relación; ellos siempre están en esa Época—, Salazar —solo como siempre, y manteniendo su costumbre de llegar ebrio a todas partes—, Clemens —solo y sobrio— y el DJ que conocería esa noche. Y todos parecían dispuestos a pasarla bien.

No recuerdo por qué llegamos ahí. Parece que Clemens nos llevó; su banda, una de las muchas que tenía, de nombre impronunciable que incluía circunflejos y caracteres eslovacos, tocaban balkan, uno de los tantos géneros musicales que habíanse puesto de insoportable moda. Clemens, toca bien, es impecable ejecutando el instrumento, pero no le gusta el balkan; él sólo está con ellos por el hueso. Clemens es el huesero —músico mercenario que sólo toca por dinero— y ¿quién lo culpa? En esa época era lo que se socorría en los círculos más pudientes de la Ciudad de México; lugares donde sobra público, bebida y drogas.

Yo no sé sobre música, por eso escribo sobre La Banda y sus integrantes, a los que, excepto Alf, apenas conozco; quise que mi libro tuviera una temática en la que no me sintiera cómodo; “¿Escribir sobre lo que uno conoce? ¡Qué aburrimiento!” dicen que Rémy de Gourmont dijo; quise escribir desde fuera de la zona de confort tratando de ser objetivo. Por eso y porque he decidido narrar mi acercamiento a la música, atestiguar el hecho. Pero por más objetivo que busque ser, algo debería saber ¿no? La ignorancia musical no garantiza objetividad musical. Es todo un tema. Pero tengo oídos y según Salazar eso me pone en “el estado de pureza desprejuiciada” necesario para exponerse sin obstáculos a cualquier arte.

Así que para mis oídos el balkan es como la banda sonora de cualquier película de Kusturica y el género ni el director tienen la culpa de ser venerados por el esnobismo mexicano.

—Parece una celebración diplomática entre la Unión Europea y Colombia.

Le dije a Salazar en tono de broma; y él:

—¿¡Qué!?

—Diplomática por la casa y la multiplicidad de nacionalidades. Unión Europea por tanto güero y Colombia por la cantidad de coca que se están inoculando.

—No mames tú —dijo Rufino—, yo topo verdaderos yonquis profesionales, éstos son amateurs.

—Pero igual están muy pesados, ¿no?

—Nel, aquí puro drogadicto junior. Compran dosis pequeñas en cantidad y calidad y se las inoculan; como tú dices. Los politoxicómanos profesionales invierten en calidad y número. El amateur compra sin saber y donde hay. Compra para su consumo. El no-amateur compra a sabiendas con quién comprar. Compra para su consumo de días y para revender, así se hace con dinero para más drogas, para comida, para rentar hotel y quizá prostitutas a las que normalmente pagará con drogas. Con frecuencia van a fiestas a drogarse y drogándose promocionan su producto. Las drogas que venden son las que consumen; las drogas que consumen son las que venden. Son una especie híbrida entre consumidor y vendedor. Así se permiten tener dinero para comprar más drogas que consumirán y venderán para comprar y consumir más. Un auténtico círculo vicioso. Venden para consumir y consumen para vender.


—…y ¿qué tal está?

—Yo no te vendería nada que no hubiera probado antes.

 

¿Qué mejor que un consumidor para vender a otro consumidor? Publicidad básica. De hecho, publicidad sin publicidad; o sea, publicidad real.

Y en esto se basa la confianza de los yonquis, en un vendedor de drogas que consume su propio producto, por esto venden mucho…

Vente —me dijo terminando su anécdota— vamos a ver a Olga.

—¿A quién?

Le pregunté.

—A Folga Tronco.

—¿De qué hablas?

—De Olga Yeltsin Tronsqui.

Dejé de preguntar y lo seguí.

Después de la banda de balkan, tocó Olga. No la conocía, sólo sabía que en La Banda había un DJ, que —sesgo mío— nunca pensé que fuera mujer. Mi formación heteronormada, supongo.

Hocico y Aphex Twin son sus principales influencias, si bien a mi ver, Hocico es influencia de Aphex —aunque haciendo caso a las fechas, son contemporáneos—. Todas esas banditas de electrodark, hard, etcétera, que coquetean con el metal o mínimo con la idea de que tocar fuerte es tocar bien, The Prodigy, Die Antwoord, etcétera; son veneradas por Olga. Nunca había tomado en serio la música electrónica hasta que la vi tocar. Tal vez porque fue la primera DJ que conocí que tuviera formación musical —otro sesgo—; o por su belleza —uno más—. No lo sé.

—Y esa ¿qué pedo? —le pregunté a Rufino cuando acabó de tocar.

—¿Esa? ¡Ya quisieras! Y pedo, yo.

—Preséntamela, ¿no?

—Nel chavo. Haz fila.

Y se fue hacia Olga.

Yo, sin bebida, me encaminé a conseguir más.

En la cocina, entre botellas, vi a Alf y Pati discutiendo sobre política con un alemán, creo.

PROBABLE ALEMÁN —Europa ha sido ingrata con América…

ALF: [interrumpiendo] Ingrata es poco. Ha robado, asesinado, violado y esclavizado. Eso no es ser ingrato, es ser hijo’eputa.

PROBABLE ALEMÁN —[asintiéndo] Cierto, por eso necesita ayuda.

ALF —Necesitamos Justicia, no asistencialismo. No necesitamos que la juventud europea venga a intentar curar sus culpas con trabajo social a América Latina.

PROBABLE ALEMÁN — ¿Eso es lo que crees que hacemos?

ALF —¿A qué viniste? ¿Qué pretendes al dejar tu País Europeo primermundista y venir a México a licenciarte en Estudios Latinoamericanos en una Universidad pública importante?

YO — [A Patricia] ¿Qué pedo con estos?

PATRICIA — ¿Qué pedo tú?

YO —Nada. Vengo por una recarga [agito mi vaso vacío]

P. —[señalando la mesa de botellas] Vas.

Y. —¿Y tú?

P. —Yo aún tengo [mostrándome su vaso]

Y. —No; que tú qué pedo en la discusión.

P. —Nada. Topando el surrealismo de México. Fíjate que un alemán y un belga discutan sobre el papel del país en el mundo.

Reímos.

Y. —Hipersurrealismo: dos europeos discutiendo en español mexicano sobre el papel mundial del país en el mundo mientras dos mexicanos los escuchan y ríen.

Reímos de nuevo. Y al apagarse las risas en ese momento en que todo parece callar, interrumpiendo de nuevo al probable alemán, se oyó en la voz de Dinant:

ALF. —…tienes razón, los gringos siempre están de guerra, pero así como los gringos que cada generación tiene su Vietnam, nosotros, cada una de las nuestras tiene su ’68.

De nuevo silencio.

Y. —Y el DJ es la DJ.

P. — Sí ¿Por?

Y. —Nomás.

P. —¿Qué, también quieres con ella?

Y. —¿También?

P. —No sé si sabes pero no eres el único que tiene ojos.

Y. —¿Rufino se la quiere tirar?

P. —¿Rufino? ¡Carajo! Yo me la quiero tirar.


Olga D. J.

Lejos de buscar nada, ni arrimármele a una alemana rubiaculigrande, ni perderme en alcohol, me dediqué un rato a disfrutar la fiesta. Simplemente observé a las personas, algo que, irónicamente, nadie hace en reuniones sociales. Para ponerme en situación, inhalé con seriedad un par de veces exhalando con conciencia, buscando relajarme y centrarme…

El humo del tabaco comulgaba a fumadores, todos conectados con una nube en lo alto del techo vía el hilillo, cadena de volutas, que desde el cigarrillo en sus manos los hacía uno con los otros fumadores. Y los no fumadores inhalando sin colilla los restos, mezcla de dióxido de carbono, nicotina y alquitrán quemados, con una pizca de oxígeno como aderezo. De pronto alguna tonalidad de Channel N°5 o THC enriquecían el bufet que mi nariz no pudo soportar. Tosí.

Las personas, en grupos, reían, bebían, platicaban en español y alemán principalmente, uno que otro despistado parloteaba

macarrónicamente la lengua del imperio. Y yo en medio de todo; yo que mi español apenas da para medio hacerme entender en una hoja en blanco, y eso después de tachaduras, remedos y correcciones. Escribir es reescribir le leí a algún Ruiz. Y yo que —repito para buscar algo de ritmo en las líneas— pretendo escribir un libro sobre una partecita del entorno musical de la Ciudad, como si José Agustín no hubiera existido, como si México no hubiera conocido a Parménides García Saldaña, como si… ¡Un momento! Nadie conoce a Parménides.

Una más de las injusticias de éste país por las que nadie hará ni una marcha, ni un desplegado, ni un minuto de silencio.

Creo que suspiré y caminé a la cocina por más alcohol. Patricia platicaba con una chica, que de primera se veía muy atractiva. Alf y el alemán ya no estaban.

—¡Ey! —me gritó Patricia. Me acerqué— Te presento: ella es Olga la DJ.

—Hola —le dije.

—Hola, ¿tú eres el documetarista? ¿Nuestro documentarista?

—El documentarista y el letrista —aclara Patricia.

—El documentarista, sí. Al menos así me llama Rufino.

—Sí, ya te había visto con él y con Alf. Me dijeron que estás haciendo algo sobre nosotros.

—No es un documental. Escribo un libro sobre La Banda. Salazar dice que es un libro documental, por eso documentarista.

—¿Un libro?

—Una novela

—¡Ah! ¡Escritor!

—Más escribidor —ella río.

—¿Eso existe?

—¿Prefieres juntapalabras?

Riendo dice:

—¿Qué tiene de malo la palabra Escritor?

—Nada. Es sólo que a algunos nos viene muy grande.

—Pero si eso es lo que eres.

—No sé… el escritor es el que escribe, ¿no?

—Obvio.

—Tú escribes, ¿no?

—Ya entiendo… Bueno, y ¿salgo en tu novela?

—Desde ahora sí.

—¿Por qué desde ahora?

—No te conocía.

—Yo a ti tampoco.

—Soy amigo de Alf desde la prepa.

—¡Uy! Desde niños.

—No tanto.

—La prepa es edad infantil. Y ¿de qué trata tu libro?

—De música. No sabía que tocabas.

—Bueno, ser DJ no es generalmente considerado como tocar ¿sabes?

—Sí. Lo sé.

—Creen que mezclar es indigno y nada original, pues se usa música ya hecha para originar algo novedoso, pero olvidan que todos los músicos hacen eso. El número de notas es finito y todos las usan para sus creaciones, pero como no hay botoncito de play a ellos sí se les considera creadores y a nosotros, los DJ, sólo toca discos, o, como dicen en España: pinchadiscos.

—No lo había pensado.

—Por eso estoy con La Banda. Están tan avanzados que musicalmente me tratan como a su igual. Ellos están en contra de todo añadido a la música, incluso juicios estéticos u ontológicos o algo así me platicó Alf sobre El Manifiesto. Y eso me encantó. Que busquen ver en la música sólo música, sin importar de dónde venga, si es considerada original o bella o grotesca.

—El Manifiesto ¿lo has leído?

—Alf me advirtió que me preguntarías sobre eso.

—Y supongo que también te pidió que no me dijeras nada.

—Me dijo que sobre El Manifiesto, ni una palabra a nadie. Misterioso, ¿no? —Hizo una pausa— ¿Sabes? Eso me gusta de La Banda. Mi Banda. —Y cómo llegaste a la banda —no insistí sobre El Manifiesto, me estaba resignando a no leerlo nunca.

—¡Mh! Desde la facultad de música quedé en contacto con otros artistas; danza, teatro, ya sabes. Algún actor, en alguna borrachera, me invitó a poner música en el teatro, les gustó mi trabajo a varios directores y seguido colaboro con ellos. Al final de una función, en la fiesta de estreno, Rufino me abordó haciéndome preguntas sobre estética y arte en general. Me pidió opiniones sobre géneros musicales, sobre piezas en específico y otras tantas rarezas. Al final de la charla preguntó si estaba interesada en tocar en una banda, los escuché y aquí me tienes.

—Salazar ¿qué hacía en la fiesta?

—Es un adicto al teatro y con frecuencia pinta escenarios para las presentaciones; alguna vez diseña los programas o los carteles de las obras.

—Y tú ¿las musicalizas?

—Sí. Suena simple, pero no lo es. En realidad musicalizar no es sólo poner música. Las rocolas ya hacen eso. Musicalizar es hallas justo la pieza ad hoc que la escena necesita. Esa pieza puede ya existir o ser varias piezas o ni si quiera ser música. Y para eso se necesita una Cultura Musical amplísima.

—Tienes que escuchar de todo.

—Sí, pero de todo en serio. No como las personas que cuando les preguntan de su música favorita, responden que oyen de todo.

—Olga ¿qué música te gusta?

—La que está bien hecha.

Guardé silencio. Creí que bromeaba; no era así.

—Y ¿siempre hallas la música para una escena?

—Claro. Siempre, aunque a veces sea el silencio lo que se necesita.

—¿El silencio?

—El primer director de teatro con el que trabajé; el que terminó recomendándome a otros; me preguntaba sobre la música que pensaba usar mientras montaban la obra. No le respondí. Le pedí el libreto y tiempo para familiarizarme con la obra. Estuve durante todos los ensayos y platicaba con los actores sobre sus personajes, sentimientos, preferencias, etc. Cuando tuve el set se lo presenté al director; le encantó que en la escena cumbre la dejara sin música. En silencio… Claro que había ausencia de musicalización en otras partes, pero ahí, lo que pedía la obra era silencio, que no es lo mismo. El silencio, se olvida con frecuencia, es un elemento central de la música.

—El silencio como contraste… —Olga me interrumpió.

—No como lo contrario a sonido, sino como parte de él.

—…y ¿cómo definirías lo que haces? Sospecho que musicalista no te viene bien.

—Musicalista es sólo usar música. Yo sería algo así como Ambientadora Sonora.

—¿Sonorista?

—Algo así aunque ambos suenen desagradables.

—Olga, ¿habías tenido banda?

—Nunca. El DJ tiene ese estereotipo de Lobo Estepario aunque no conozcan o hayan leído a Hesse.

—¿Y te consideras una loba? —guardó silencio y me miró bebiendo de su vaso

—No eres muy hábil con las mujeres, ¿verdad?

 


 

a.

 

  Tardó más de lo acostumbrado en convencer al espejo, con una falda corta y una blusa sin espalda de mangas hasta el codo lo logró; del pei...

La cita La cita

Patricia Plaza

 

Tardó más de lo acostumbrado en convencer al espejo, con una falda corta y una blusa sin espalda de mangas hasta el codo lo logró; del peinado poco tiempo que lo ha dado por perdido, pues, nada lacia, no sólo con la humedad se le vuelve revoltoso, sino que el más mínimo cambio de temperatura lo arruina. Pero una vez resignada, le tomó cariño, lo dejó de maltratar con tinturas y le permitió crecer hasta media espalda, se le miraba muy bien. De ropa interior se decidió por unas transparencias en negro, la tanga no sabía si llevarla o no; al final se la dejó puesta. Si se arrepentía de llevarla podía escaparse al baño para quitarla y guardarla en la bolsa. Ésta idea le hizo sonreír, pues más de una vez, usando falda, por variadas razones se ha quitado el blúmer. De lo que no dudó ni un instante fue de la depilación, le gusta cómo se siente y se ve su entrepierna.

 

Cuando niña, compartía mucho con su madre, eran muy unidas, al crecer eso cambió, también empezaron a chocar; una de las discusiones trataba sobre la lectura. Su madre siempre que la miraba leyendo le reprendía y le exigía que se pusiera a hacer algo. Otra problemática era la música, así que ella, por orden materna, no tenía permitido sonar su música en casa mientras no estuviera sola; parece grave, pero nada que un par de audífonos no solucionara. Y así hacía, siempre que quería escuchar algo, usaba audífonos. Pero, como todos sabemos, la solución a un problema crea otros problemas: una noche, puso un álbum en su aparato portátil, algún disco en vivo de Krahe o tal vez el demo de Ótica, el asunto es que medio cantaba, medio bailaba; fue al baño y entró justo cuando su madre salía de la regadera, por la sorpresa la toalla se cayó dejando a la vista su pelvis sin vello. Su madre dijo algo, ella no alcanzó a leer sus labios. Salió y cerró la puerta. Fue sólo un instante. Ninguna de las dos le dio importancia. Por la noche la despertó un sueño húmedo, antes había tenido alguno, pero ese era, hasta entonces, el más intenso. No puedo describir el sueño, no por pudor, sino porque un sueño, al contarse, se desvirtúa; al ponerlo en palabras se complementa y el relato ya no es fiel, contar un sueño se aleja del sueño mismo. Lo que es necesario decir es que en su sueño ella tampoco tenía vello. No pudo dormir bien esa noche. Ni el resto de la semana hasta que compró lo necesario.

A la primera oportunidad que tuvo de estar sola en casa y después de documentarse a conciencia, se dedicó a usar por primera vez sus adminículos depilatorios. He sabido de cada desgracia ocurrida a primerizas y curiosas, pero a ella todo le salió bien; claro, sus ojos lagrimearon de dolor un par de veces, pero lo logró, allí estaba, depilada, como en su sueño. Pasó largo rato frente al espejo, era la primera vez que miraba esa parte de su cuerpo. Le resultaba tan extraño que pensaba estar mirando a alguien más. Eso la ruborizaba. Ese día, cosa rara, se fue temprano a la cama; por la noche no pudo dejar de tentar toda la zona de la piel sin vello, pasaba sus dedos, ligeros, de manera suave, lentamente; un dolor en la muñeca apareció, la solución fue quitarse el hot pants, luego se sintió incómoda y se puso el pantaloncillo de su piyama ya sin nada abajo, eso le sentó muy bien, estaba muy excitada, hasta creyó revivir un sueño húmedo y casi sin querer, entre sus caricias, comenzó a humedecerse, una cosa llevo a otra (como en esos casos siempre ocurre) y aquí me tiene describiendo la primera vez que ella se tocó. Sólo con un dedo, el índice, y sólo tocándose, sin introducirlo entre sus labios.

 

Por eso iba depilada, porque le gustaba mucho sentirse en condiciones cotidianas sin vello, y más si tenía una cita con alguien, sin importar si había oportunidad de fornicar, ella estaba satisfecha, le gustaba sentirse al cruzar las piernas, al abrirlas la frescura si llevaba falda, en el cine, en un lugar tomando una cerveza, donde fuera; luego, cuando se la pasaba bien, ya sea bailando o platicando, de repente, cruzaba las piernas y siempre se le escapaba una sonrisilla al recordar su piel sin vello.

 

No era la primera vez que Alf y Patricia se veían, pero hoy podría ser su primera vez.

 

 


 

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      Se llevó un libro y dinero para alcohol y comida. Eran sus primeras vacaciones pagadas en su existencia laboral y las primeras d...

Muñeca en la playa Muñeca en la playa

Patricia Plaza

 


 

 

Se llevó un libro y dinero para alcohol y comida. Eran sus primeras vacaciones pagadas en su existencia laboral y las primeras desde hacía años.

El traje de baño bajo un short muy corto y un vestido muy largo, caminó por el pequeño pueblo de su infancia. Si no fuera porque iba de pies desnudos, se podría confundir con algún turista; uno de tantos que en los últimos años acostumbran inundar las pequeñas playas durante fines de semana largos y vacaciones.

Tampoco se trata ya de nadar entre la gente como en las grandes playas internacionalmente visitadas, donde hay más personas que agua, más pañales flotando en el mar que voluntarios salvavidas. Si se le compara con estos lugares, entonces sería una playa virgen. Aunque hay muchos más turistas de los que recuerda en su niñez. Hacía algunos años en la playa sólo veías a los habitantes del pueblo, a uno que otro de los pueblos vecinos y, rara ocasión, a un turista que, por lo general, había llegado al pueblo por accidente. Una desviación errada; una indicación o mal dada o mal interpretada; una deficiente lectura del mapa… cuando la inexistencia del GPS permitía, de repente, hermanarse con Marco Polo o Magallanes.

Éstos, los juereños, encantados con el lugar: el mar, la comida, las playas, los precios; siempre prometían volver, pero pocos lo cumplían. Y es que El Pueblo se halla en la parte donde la sierra y la costa se juntan y se estrechan durante horas de carretera. Así, al este días a pie de sierra rellena de espesa flora; al norte 2 y ½ a 3 horas de carretera sin casi ninguna recta hacia la ciudad más cercana; la segunda ciudad más cercana estaba a 6 horas de serpenteante carretera hacia el sur; y al oeste, más de un par de miles de millas náuticas hasta la isla más cercana. Estas condiciones geográficas, hacían del pueblo un lugar poco turístico, no había hotel, sus habitantes rentaban sus patios a campistas, algunos habían fabricado palapas y rentaban hamacas. Casi todos, por unos pesos, cocinaban desayunos y comidas. Para cenar, había en todo el pueblo sólo una taquería y una casa cerca de la plaza donde la esposa del presidente municipal preparaba quesadillas, sopes y similares; durante años hubo sólo dos tiendas y un teléfono. Ahora las tiendas habían ampliado su mercancía, pero no su número, y el teléfono se había convertido en un local de computadoras e internet a renta. El encargado se llama Luis.

 

 

Agnición

Luis, en una hamaca, esperaba con tranquilidad a que la compañía reestableciera el servicio de internet en el tendejón de la entrada del local. Las caídas del sistema son frecuentes. Mientras, Patricia pasa por la calle.

—¿Descalza? ¡Te vas a quemar!

Gritó echado desde la hamaca.

Ella se acercó a la sombra. Lo miró y le sonrió un hola.

—Descalza pero con itacate —observó— ¿Qué llevas ahí?

El libro estaba en la toalla, la toalla amarrada como bolsa colgada de su hombro.

—Nada ¡cabrón! ¿Qué te importa?

—Hola Patito, me da gusto verte.

—Hola Luis, a mí también.

—¿Vas al charco?

—¡Ey!

—Si vas a estar ahí mucho rato, te alcanzo luego y te llevo las empanadas que seguro se pondrá a hacer mi amá en cuantito te sepa por acá.

—Me va. ¿Te dejo varo?

—Sólo si quieres que mi amá se acuerde de la tuya.

Crecieron juntos. No es que se hicieran amigos, desde que Luis recuerda Pati ya estaba ahí. Le pasaba algo similar a ella. En todo caso, las amigas eran sus madres, y eso a fuerza de coincidencias. Nacieron en el mismo año, en meses diferentes pero con menos de una semana de distancia; fueron compañeras en las primeras escuelas y vecinas hasta de embarazos que, para hacerlas aún más cercanas, sucedieron casi simultáneamente. Sólo en pocos aspectos no coincidieron las madres de Patricia y Luis, pocos pero de consecuencias importantes. Patricia no conoció a su padre, y en el Pueblo la sardónica broma era que probablemente ni su madre lo había conocido. Los padres de Luis se casaron. Él pescador, dueño de una lancha de motor y de un jacal cerca del estuario del pueblo; ella dejó de estudiar cuando Luis nació para cuidarlo y encargarse de todas las tareas que el machismo mexicano cataloga como trabajo de hogar. La madre de Patricia no dejó la escuela. El padre de Luis heredó el negocio del abuelo y nunca salieron del Pueblo. La madre de Patricia se la llevó a vivir a la ciudad; no quería al Pueblo ni en su futuro ni en el de su hija, tal vez cansada de que su Pueblo nunca le perdonara haberle dado una hija bastarda.


Patricia comenzó a sentir que la dura tierra bajo sus pies desaparecía y a cambio dejaba la cálida arena; percibió la brisa salada en su cara, inhaló con profundidad todo el aroma, abandonó sus ojos a la inconmensurabilidad marina poniendo de fondo sus párpados para no perderse. Y el universo se tambaleó, comenzó a desequilibrarse, se contrajo en vez de expandirse, sí, como en un agujero negro. Sí, también desapareció el tiempo y el espacio. Exhaló. Y de quién sabe dónde aparecieron imágenes de su niñez en el mar y de su actual vida en la Ciudad de México. Ella de niña, en el agua y ahora de adulta viviendo en una ciudad sobre un antiguo lago. Parece que no cambió mucho, paso de agua a agua, del mar al lago desecado. “Quien cambia de lugar ya no es de ninguna parte, ni de donde se salió, por salirse, ni de donde llega por llegar. Para unos ya no eres de ahí, por irte, para los otros nunca serás de allá por llegar” … Patricia recordó éstas líneas de una novela que leyó… quién sabe dónde… ¿Por qué será que después de que la honda experiencia de un sentimiento sublime nos pierde, siempre algo tan burdo como cotidiano nos obliga a regresar? Al pasar cerca de ella, un tipo en tono nefando, le susurró algo sobre lo amplio de sus caderas, y terminó la frase con la palabra muñeca. Patricia suspiró y pensó que si llevara su uniforme aquel comentario no habría sido. Incluso si fuera acompañada… decidió no ubicar el origen del susurro para no ponerle cara, pues buscaba pasarla bien en la playa y ese tipo no lo impediría. Pero la memoria le recordó que no tiene voluntad...

 

 

§

En El Pueblo los niños se bañan desnudos en las pozas que se hacen en el río que desemboca en la playa. Él, el hermano de su madre, encargado de cuidarlos, se baña siempre con ella; la veía desnudarse y vestirse; le decía que estaba revisando que ella se hubiera lavado bien. Y si no lo hacía, él se encargaba, pero, a diferencia de su madre, él no usaba la fuerza para limpiarle la piel de todo el cuerpo. Sino que la tocaba muy suavemente y le tarareaba al oído con ternura, ella se sentía tan calmada que frecuentemente se dormía, no sabía durante cuánto tiempo. Aunque no debería ser mucho porque, al despertar todavía modorra, él aún no terminaba de lavarla. Pati no sabía por qué después de los baños con él le quedaba algún dolor en ciertas partes del cuerpo.

Alguna vez su madre los encontró a mitad del baño y se enojó tanto que Pati le prometió a su madre que, si tanto le molestaba, nunca más se bañaría con él.

—Estoy molesta con él, no contigo. Contigo nunca.

Su madre y él jamás se volvieron a hablar; al poco tiempo Pati y su madre se mudaron del Pueblo.

Él se fue al norte y nadie ha sabido nada.

 

 

 

§

Después de detenerse por algunas cervezas en la tienda a pie de playa, terminó de llegar. Halló sombra bajo una palapa a medio derruir, extendió la toalla, se echó panza abajo, abrió la lata de cerveza —marca que no se consigue en la ciudad— y el libro; les pegó un gran sorbo a ambos.

Se trata de una novela mexicana de autor poco conocido. Le ofendió el bajo precio del libro, preguntó en la librería si se trataba de un error. Resultó ser el precio correcto. Decidida lo compró para honrarlo, esto es, para leerlo. Y, tal vez a fuerza de prejuicios positivos, resultó ser una buena novela. Pequeña y en edición casi de bolsillo, pero bien escrita, muy amable para leer en viajes. Patricia, desde su primer Dostoyevski se convenció que dejarse ver en público leyendo una novela rusa, debido a la extensión y tamaño del libro, sería de mal gusto. Por eso las leía sólo (sola) en casa y nunca las llevaba de viaje. Así también leyó El Quijote, Los Miserables, 2666, varias del poco conocido Von Archimboldi, todo de Julian Carax y otras pocas de su compatriota David Martín. Todos auténticos ladrillos difíciles de sostener frente a la vista pero, por lo mismo, excelentes para los tríceps o, si se es un lector que ha superado la vanidad por el cuerpo, el facistol es siempre la mejor opción.

Aunque fue una estudiante promedio, nunca dejó de leer casi desde que aprendió. Ya en la universidad brilló. Fue la única escuela agradable. Al abandonar la Facultad de Humanidades porque tuvo que trabajar por la enfermedad de su madre, la tomó contra los libros, dejó de leer durante un tiempo. Y el ir de un trabajo malo a otro pésimo, como rebotando, no ayudó; pues ni tiempo tenía ya no de leer, sino de extrañar la lectura: horarios oficiales de 8 horas con una de comida —que sólo se cumplían los sábados que se suponía debía sólo trabajar ½ día— y reales de casi 10 por ½ para malcomer. Y esto más los traslados; en promedio de 1 ½ hora de ida y con frecuencia un poco más de regreso, sin contar retrasos por lluvia o manifestaciones. Sueldos raquíticos, sin seguro médico: condiciones laborales que ponen en duda el triunfo de la Revolución. Bueno, sí se ganó, nadie lo duda, pero ¿quién la ganó?

Existen absurdos necesarios para explicar con propiedad ciertos fenómenos que sin ellos, se nos escaparían. A veces la rigurosidad que exigen ciertas parcelas de la realidad para ser medianamente explicadas, no respeta la frontera del tiempo y cae, sin remedio, en el terreno del anacronismo (esto la literatura lo sabe muy bien):

Asalariado: el nuevo esclavo.

 

Trabajador

Entre semana Patricia sólo podía dormir y comer, además de trabajar, los sábados se daba lujo de buscar relajarse para descansar; y los domingos había que atender la necesidades del hogar. Así que de leer ni quién se acuerde.

La reconciliación con los libros vino en la Academia de Policía por las lecturas obligatorias, principalmente manuales, reglamentos y alguno que otro documento técnico. Con una biblioteca poco variada y un tanto de tiempo libre que le permitían las clases, recayó en su adicción.

De vendedora, edecán, recepcionista, cajera, limpieza. Todos trabajos muy matados: malpagados y agotadores además de inestables. Un día se enteró de los requisitos para hacerse policía. Le interesó por el dinero, la estabilidad y los derechos laborales mínimos; además del detalle que la hizo decidirse fue que a todos los ingresados a la Academia de Policía, se les da beca y, por supuesto, egresan con trabajo asegurado en caso de buen rendimiento académico.

No significa que a los policías se les pague bien. Sino que hay peores trabajos, siempre los hay.

Ya en la fila para realizar el trámite de ingreso a la Academia se dio el respiro necesario para que su conciencia le cuestionara sobre la profesión policiaca, su mala fama y su verdadera función social.

 

 

Estado policiaco

Con educación no habría delincuencia

Más escuelas = menos prisiones

La policía es la parte del pueblo que reprime al pueblo bajo órdenes de quienes no son el pueblo.

Si la función del Derecho Civil sirve para que los ricos roben a los pobres y la del Derecho Penal para impedir que los pobres roben a los ricos, entonces la policía es la entidad que garantiza la función de ambos.

Gracias a su no breve estancia en la Universidad se sabía todas las consignas y argumentos contra la policía. Hasta mentalmente había hecho una lista de excompañeros que le recriminarían su decisión profesional. Quienes le dejarían de hablar; quienes no. Quienes la comprenderían.

Ella, Patricia Plaza, pensó así: mi decisión profesional es acabar la universidad y luego hacer un posgrado. Pero mi realidad material no lo permitió. La Academia de Policía es una decisión laboral, no profesional. No confundir porvenir con formación, como escribió Reyes. Parece ser que la conciencia es un lujo; la ética es el postre del banquete que no podemos saborear los que apenas podemos pagar el primer plato.

Estas ideas no la abandonaron mientras se preparó para el examen de ingreso, estuvieron con ella durante las pruebas médicas, las físicas y, a las únicas que le temía, las psicológicas. Cuando se le notificó que había logrado la evaluación más alta en todas, no se dejó marear por los vapores de la soberbia, tenía claro que los demonios de la vanagloria sólo fanfarroneaban. Ella no quería ser policía. Tener las notas más altas sólo significaba para ella una victoria vacía: ganar lo que no quieres es, aún, perder lo que sí quieres. ¿Gloria pírrica?



Con los brazos dormidos por estar bocabajo, variaba ponerse bocarriba, hasta con sentarse en loto. Libro y cerveza intercalados. Avanzaron los capítulos y los mililitros. Se recreaba en unos, se refrescaba con otros. Aún con libro por leer, se agotaron las cervezas. Fue por más. Bebiendo se dedicó a admirar el azul horizonte y aprovechando la pausa, decidió darse un chapuzón. Mientras avanzaba el agua desde sus pies hasta su cuello pensó: Aunque hoy sí, normalmente no estoy donde quiero. Eso no lo decido. Pero decido qué actitud tener ante eso que no decido. Sonrió.

A unos pasos de donde acaba la arena, frente a la última palmera, si se viene del mar; la primera si se viene de tierradentro, hay una palapa construida por el abuelo de Luis, bueno, la estructura es lo que construyó, porque las hojas de palma que se usan para techar se han tenido que cambiar, más o menos cada 15 o 20 años.

De las vigas estructurales de la palapa —que sirve de entrada a la casa de Luis en la que están las computadoras a renta— invariablemente penden dos hamacas.

—Creí que no volverías. Que para mis ojos pudieran de nuevo mirarte, tendría que ir al Dictritode Fecal.

Patricia Plaza suspiró.

—¡N’ombre! Luis. Si yo soy de aquí. Pero el día que quieras allá me caes. Hay mucho que quiero que veas.

Luis todavía echado en la hamaca desde que Patricia regresó de la playa, la miraba con gusto y deseo.

—Pues de aquí, pero ya ni hablas como los de aquí. Y sobre ir pa’llá, ni dios lo permita. Allá la gente está loca.

—¿Cómo sabes que está loca si no la conoces?

—No ocupo conocerla, sé que está loca… ¿Miras la palmera esa?

Levantando el pie que le colgaba de la hamaca y que usa de pronto para mecerse, Luis le señala a Patricia en dirección de la entrada.

—Ey —le responde.

—Creo que ahí comienza el terreno. Y ¿ves pa’llátrás? Después de que termina la casa, pasando las matas de jitomate y frijoles…

—Ajá, el huerto.

—… luego del gallinero sigue un pedazo pelón y luego yerba—. Dijo Luis después de tronar la boca.

—Ajá.

—Bueno, pues en ésta área vivimos mi ’Amá, mi manita, mis sobrinos y yo. O sea, tres adultos y tres niños. Bien, a 15 minutos del Zócalo de la capital del país, la ciudad donde tú vives, hay un edificio de departamentos que tiene ésta misma área que mi casa, con patios; allá viven 110 familias, acá 1… sé que están locos sin conocerlos, no’más sabiendo cómo viven. Y esa loquera se te pegó: nadie de acá llamaría a mis matas un huerto. Mañana, si quieres te llevo a mi huerto.

Patricia calló.

—Pero siéntate, loca. O si quieres ahí está la otra hamaca. ¿Quieres una fría?

Patricia se extendió en la otra hamaca dejando sus bártulos playeros en el suelo.

—¡Manita¡—gritó Luis.

—Entonces todos estamos locos. Aquí, por ejemplo, las niñas se casan niñas y niñas tienen hijos.

—Eso sí. Aquí hay poco qué hacer… Ésta ha de estar sorda.

Luis se levanta de la hamaca y vuelve con un par de cervezas. Le pasa una a Patricia y le pregunta.

—¿Qué tal el agua? ¿Quieres ya comer o al rato? Ya casi están las empanadas de mi Amá.

—Le siguen quedando igual de buenas.

—Pruébalas y me dices. ¿Ya te casaste?

—No mames no.

—Pues al rato vendrá un amigo que estoy seguro te gustará.

—No creo Luis.

—¿Quieres apostar?

—Va.

—Es un tipo increíble que… —lo interrumpe Patricia:

—¿Increíble? ¿Pues cuántos penes tiene? —Luis continúa como si nada:

—…que no es de aquí, vino a trabajar, a dar cursos, desde números hasta letras, es más hasta unos están estudiando francés con él, se llama Toño.

En lo que Antoine Dinant se aparecía, Patricia y Luis vaciaron algunas cervezas y se pusieron al tanto de sus vidas. Luego, cuando Luis comenzó a cabecear la siesta, Patricia regresó a su novela, tan tranquila; ignorante de que ese día, más tarde, contra todas sus creencias y todo pronóstico, conocería al amor de su vida.

 





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